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Crónica de una maratón inolvidable

Valencia, día nublado y fresco. Una mañana de domingo, 3.500 valientes se lanzan a un reto con mayúsculas: la Maratón Popular de Valencia. En la salida, nervios e impaciencia por el pistoletazo de salida. En la marabunta de participantes, tres componentes del Judo Tao: Víctor Bernal, Mario López e Iván Vega, tres runners populares, de los que hacen milagros semanales para mantener vivo su estado de forma en medio de los quehaceres cotidianos. En sus piernas un porrón de kilómetros por las rutas que rodean Espulgues, Hospitalet, Cornellà y Barcelona. El 17 de febrero era el día D. Las nueve de la mañana, la hora de partida. Más de 42.000 metros pondrían nota a estos entrenamientos, algunos largos y fríos, otros pasados por agua, con algunas competiciones por medio (Terrassa, Sitges, Vilanova, ...)

La salida de las maratones son algo que pocas carreras pueden ofrecer. La euforia de saberse ante un desafío tal invade a los saltarines corredores. Gritos, ánimos, arengas y menciones a la virilidad de los participantes se confunden con las notas del mítico Rocky y algunas melodías clásicas, dígase “Carros de fuego”, que la organización pincha para poner “a tono” a la concurrencia. La voz en off anuncia la salida, pero serán unos segundos los que tardemos en pasar por el arco de salida, allí donde los chips ponen en marcha nuestros cronómetros. Por delante ejercen de liebres un puñado de africanos junto a parte de los mejores especialistas españoles, quienes por cierto ponen en juego la corona nacional.

Los primeros kilómetros son de tanteo. Tantos días sin salir a correr, con el fin de llegar descansados, tienen su primer efecto, las pulsaciones van por encima de lo esperado. También influyen la tensión y los nervios. Sea como fuere, no es esto lo que más preocupa a los integrantes del Judo Tao. Preparar una maratón tiene su factura física y en nuestro caso de traduce en dolores varios agravados, en el caso de Mario, por unas décimas de fiebre 24 horas antes de la salida. Éste ya nos avanza antes del paso por el seis de que las sensaciones no son óptimas. Sin embargo, las cosas siguen el guión previsto. Insertados en un numeroso grupo, circulamos a razón de cinco minutos el kilómetro para seguir la estela de un meritorio trío de prácticos –así se llama a los que marcan el ritmo de la carrera- que cartel en mano y a lo alto nos llevan hacia la marca soñada: 3 horas 30 minutos.

Quemamos kilómetros, ahora por debajo de cinco, como si supiéramos que todo lo que ganáramos en estos compases será bienvenido al final. La casualidad, y las ganas de parar a mear, hablando en plata, nos conduce al frente del grupo de 3.30 para una vez aliviadas las necesidades urinarias volvamos al seno del grupo. En ese tránsito nos percatamos de que será mucho más sencillo correr unos metros por delante de nuestro grupo de referencia. Víctor e Iván así lo deciden, Mario prefiere ser cauto y seguir al abrigo del grupo. Antes del paso por el 18, donde tenemos un valioso plátano que llevarnos al estómago, ya circulamos con unos cuantos segundos por delante. Allí, en el 18, Nuria, excelente auxiliar desde la salida, nos da la pieza de fruta. Un par de kilómetros después Mari Carmen y el pequeño Iker, con su amigo Oscar –autor de algunas de las fotos que vemos- nos esperan con la euforia por bandera. Emociona ver a los tuyos durante una carrera tan larga.

Proseguimos paralelos al cauce seco del Turia y atravesamos la media maratón en el tiempo previsto, es decir nunca más rápido de 1 hora 44 minutos. Todo va perfecto. Los malditos dolores de ligamentos, rodillas y demás, ahora que la cosa está caliente, desaparecen. Las sensaciones son buenas. Por detrás empieza sin embargo el calvario para nuestro compañero Mario. En el kilómetro 30 se empieza a descolgar del grupo de 3.30. Una carrera como ésta no permite ninguna merma física, y si la hubiere, siempre sale a flote. Poco antes de ese punto, Víctor e Iván deciden tomar algún riesgo, pequeño por que aquí arriesgar puede salir muy caro. Con menos de una hora y media para llegar a meta, se permiten distanciar poco a poco al grupo de 3.30. En el kilómetro 31 tomamos el segundo y último plátano. El estómago sonaba a hueco. Allí tenemos de nuevo a la hinchada, entregada y volcada. Fueron pocas las veces que les vimos, pero a todas luces reconfortante. Circulamos paralelos, aunque no lo tengamos a la vista, al mar. La carrera camina dirección de la emblemática Ciudad de las Artes y las Ciencias. Caminamos ya por el 34. El grupo de 3.30, pese a verlo, cada vez está más atrás.

Víctor decide, en medio del Hemisféric y el Palau de les Arts, incrementar el ritmo. Pasa de los 4.50 a 4.30. A pesar de no estar muy tocado, Iván decide quedarse en el ritmo original, para evitar estrellarse con el cacareado “muro” en lo kilómetros finales. Volvemos a atravesar los solitarios parajes de lo que parece una ronda de periferia que ya vimos cuando llevábamos escasos quince kilómetros. Alrededor nuestro nos impresiona la esencia de esta carrera, la que la mitifica ante el resto. Calambres, quejidos, atletas quebrados por el esfuerzo, trabajadores de la Cruz Roja desempeñando su labor y respiraciones quejosas nos rodean en los kilómetros del terror. Son los que van del 35 al 39,900. En ese lapso, muchos son se arrepienten de dedicar una mañana dominical a tal animalada.

A partir del kilómetro 40, se nos abre el mundo. Dejamos la despoblada avenida para circular de nuevo paralelos al cauce del Turia. Allí una multitud, repito, una multitud, se deshace ante los corredores. Cualquier palabra dedicada a describir tal momento no harían ni un mínimo de justicia a las sensaciones que recorren nuestro castigado cuerpo. El camino nos lleva hasta un estadio cuyas gradas registran, como dirían los futboleros, “un lleno hasta la bandera”. Tal es el sentimiento de emoción que al cruzar la meta casi no reparamos en la gente que yace en el suelo intentando recuperar el aliento.

Repasando los tiempos, los objetivos han sido asumidos. Víctor baja de las 3 horas 24 minutos, Iván roza las 3 horas 28 minutos. Es decir la barrera de las tres horas y media ha caído. Mario por su parte también logra su objetivo a pesar de que sus últimos doce kilómetros fueron realmente duros. Quería bajar de las 3 horas 45 minutos y lo logró. Con marcas personales y un buen puñado de regalos, hasta un kilo de naranjas, en el zurrón, la expedición valenciana del Judo Tao volvió a Barcelona, feliz aunque con tremendo dolor de piernas pero con ganas de repetir...


Resultados Maraton Popular de Valencia 2008







Víctor, Mario, Iván.jpg

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