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LA SOBREVALORACIÓN DE LA COMPETITIVIDAD
12/Nov/2007

Fomentar la máxima eficiencia entre los más jóvenes tiene consecuencias nefastas porque sólo genera desánimo e infelicidad.

Hace ya tiempo que muchas de las personas que nos movemos en el ámbito educativo somos conscientes de que hay que educar en valores, hábitos y actitudes, e intentamos dotarnos de instrumentos que faciliten al profesorado el avance en esta dirección. Pero a menudo lo que de día se teje en las escuelas, se desteje de noche, ya que las prácticas sociales reales que los niños ven a su alrededor son más decisivas, respecto a su manera de actuar, que todo lo que se les dice en la escuela. Las generaciones jóvenes son, en realidad, un espejo de las generaciones mayores, reflejan lo que han visto hacer a los adultos, no lo que se les ha dicho que deben hacer.

Existe un valor en nuestra sociedad que cada día está más presente en todo tipo de contextos: la competitividad. Las personas, las empresas e incluso las ciudades deben ser competitivas. ¿Qué significa ser competitivos? Generalmente lo decimos en sentido positivo, como sinónimo de ser eficaces, eficientes, producir a costes más bajos, ofrecer unos productos o unos servicios mejores a precios inferiores a los habituales... Entendido así, se trata de un concepto interesante y útil para mejorar la vida colectiva.

Sin embargo, cuando los principios y el lenguaje del mercado salen de su ámbito y pasan a constituir los principios éticos generales de una sociedad y, por extensión, de una educación, podemos echarnos a temblar. Porque el concepto de competitividad no implica necesariamente la idea de hacer las cosas bien, o de un modo más justo o útil. Claro está, si partimos de la idea de que el mercado es la última medida de todas las cosas como ocurre hoy, quizá sí que la situación más competitiva sería la que aportaría el máximo de ventajas a la sociedad. Pero conocemos las imperfecciones del mercado y las trampas que comporta y tener más no significa necesariamente aportar lo mejor para todos.

Al contrario, el esfuerzo para ser más competitivos nos conduce, en muchos casos, a desmontar sistemas sociales que funcionaban bien y, en último término, a generar más exclusión para los más débiles.

Pero existe otro aspecto que debe tenerse en cuenta y que es muy importante en su vertiente educativa: querer ser competitivos implica medirse con los otros e intentar vencer a cualquier precio. Lo mismo que sucede con el deporte, un elemento educativo de primera magnitud porque es la ocasión de aprender a dominar y canalizar las propias fuerzas, el propio cuerpo, de acuerdo con unas reglas de juego que no deben olvidarse jamás, lo que llamamos deportividad. Aunque la realidad nos ha elevado al extremo contrario: lo que hoy cuenta en el deporte es ganar, no el ejercicio de saber dominarnos y controlarnos.

En la campaña “Compta fins a tres” sobre los valores en el deporte escolar, que promueve el Ayuntamiento de Barcelona, queda patente: los propios chicos y chicas nos indican la contradicción entre los que se les dice sobre deportividad y el comportamiento de los padres, incitándoles a una competencia feroz, porque lo que desean por encima de todo es verles ganar.

Y esta forma de educar tiene consecuencias nefastas, no sólo de tipo ético, sino personal: nos lleva rápidamente a la infelicidad y el desánimo. Porque, por cada uno que gana, muchos son los perdedores. Incluso haciendo bien las cosas, no hay satisfacción si no se logra vencer. Entre las generaciones jóvenes, especialmente entre los chicos, dicho estigma se hace ya muy visible: el principio de competitividad deja muchos cadáveres por el camino y un temor y una inseguridad constantes, ya que la medida de la propia valía se nos escapa.

Cada cual es un luchador solitario que, ni yendo al límite de sus fuerzas, tiene seguro el triunfo, y todo discurso de solidaridad termina sonando a cuento, frente al principio interiorizado que te obliga a vencer y a derrotar a los otros.

¿No podemos decir queremos ser mejores, en lugar de más competitivos?.

Hemos de ser mejores y no más competitivos
 
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